Las parejas son difíciles de mantener, eso me enseñó la vida.
Cuando lo conocí las peleas eran seguidas, luego fuimos creciendo y aprendimos a acompañarnos, pero en este negocio las presiones solían apartarnos. Decidí salir, no podía comercializar más esto. Él dijo que ambos lo haríamos. Hasta ahora éramos pocos los arrepentidos. Sabíamos que la crisis nos estaba afectando y las cabezas de todo esto necesitaban plata.
La profesión de periodista, me dijeron, es una de las más riesgosas, cómo no lo seria si debían inmiscuirse en todo. Yo no quería más sangre, menos la nuestra.
Esa tarde la entrega estaba pactada. Ellos tendrían una oportunidad más y nosotros nos retirábamos. Yo tenía la plata, solo esperaba a que él termine la entrega y nos íbamos. Misiones ya no era nuestra casa.
La mesa de luz con polvillo, las persianas apenas dejaban pasar la luz, la casa estaba vacía, el silencio fue interrumpido por las bocinas de la camioneta que sonaba repetidamente. Salí apresurada, lo tenían en el asiento de atrás apoyado en el respaldo, la remera roja por la sangre, los dedos de nuestro socio no podían evitar la hemorragia. Me subí y partimos rápidamente al hospital, yo intentaba que no cierre los ojos, le gritaba que lo amaba, al llegar al hospital entramos con violencia, él cerró sus ojos decidimos arrojarlo del auto y continuar huyendo. La imagen de su cuerpo en el ingreso al hospital me quedo grabada y se repetía.
A nadie le importaba si nosotros evitamos un aborto, la sociedad nos odiaba por separar a una "madre" de su hijo.
La casa nunca pierde y en este caso no iba a ser diferente.
Me refugie en muchos lugares.
Siempre recordándolo, constantemente me reprochó que yo no lo buscaba, así volví. Esa tarde entre, le puse una foto a la lapida y fin a mi vida. Quizás mi sangre llegue a su cuerpo, si voy al cielo podríamos encontrarnos y discutir si fuimos muy altruistas o demasiado avaros. Pero esta vez me tocó buscarte aunque no te pude acariciar.

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