Había una vez un escritor, en un pueblo al que pocos querrían
ir, o por lo menos yo no lo haría. Este hombre renegaba de su pobre memoria y
se presentaba como un enamorado de las palabras, para él los sinónimos eran tan
bellos como un cuadro. Necesitaba escribir, pero buscando palabras para
redactar su obra olvidaba lo que iba a anotar. Decidió contratar a una persona
que lo ayude, rápidamente alguien respondió a su aviso:
“busco persona inteligente,
para escribir novela
que ganará un premio
Nobel de literatura,
IGNORANTES ABSTENERSE”.
La joven se presentó como Berta.
BERTA:
-¿es verdad que
ganará un premio Nobel, cómo lo sabe?-
ESCRITOR:
-así que usted es…
-BERTA- lo
interrumpió la joven.
ESCRITOR:
-bueno, la verdad me
molesta que me interrumpan, pero dado que fue para identificarse, sigamos. Entonces
usted sabe de gramática, literatura, ¿tiene buena ortografía?-
Berta lo observo en silencio.
ESCRITOR:
-estoy esperando que
me responda- hablo mientras fruncía el ceño.
BERTA:
-por supuesto que sé,
de otra forma no me hubiese presentado, este es un trabajo más que indicado
para mí-
Su escritorio no era demasiado
grande, en el piso se encontraban hojas manchadas con vino tinto, papeles de
caramelos, servilletas escritas, el cable del teléfono cortado. El escritor
noto que Berta examinaba el lugar con detenimiento y le dijo:-lo corte porque
me ofusca que llamen cuando estoy creando, ella asintió con la cabeza.
ESCRITOR:
-bueno vos te vas a
sentar acá y solo cuando yo lo considere necesario vas hablar, es decir, si
preciso conocer el significado de algún vocablo, o sinónimo o antónimo-
Berta miró el sillón, se veía bastante
percudido, golpeó un poco el cojín y se sentó, el primer día permaneció callada
durante ocho horas y así se retiró. Cuando se marchó no se sentía muy a gusto
pero la paga era buena. Al día siguiente golpeo la puerta, se abrió sola,
cuando entro observo al escritor inclinado e inmerso en su trabajo, nuevamente
sacudió el cojín y se sentó, ese ingreso se repitió por dos semanas.
Faltando cinco minutos para que se
retire, otra vez con sigilo, el escritor le habló.
ESCRITOR:
-necesito un sinónimo de odio-
BERTA:
-¿de odio?-
ESCRITOR:
-sí, un sinónimo-
BERTA:
- rencor, aversión,
aborrecimiento, animadversión, abominación, antipatía, tirria, ojeriza,
desprecio, fobia, inquina, rabia-
ESCRITOR:
-¿tirria? ¿Y te
parece que puedo poner tirria en esto?-
BERTA:
-tirria, Manía, odio u
ojeriza hacia algo o alguien, disgusto, enojo, porfía repetida-
ESCRITOR:
-Yo pregunte
puntualmente si crees conveniente poner el término “tirria” en mi novela-
BERTA:
-tendrá que
disculparme pero no sé cuál es el contenido de sus escritos-
El escritor nuevamente se inclinó,
Berta se fue.
En el camino Berta mordía sus
labios conteniendo bronca, ese hombre arrogante la ignoraba por horas, la
trataba de estúpida y ella debía continuar observándolo.
El pago por el primer mes fue
menos de lo acordado, él adjudico esto a que Berta era un tanto prepotente y
eso implicaba que se produjera una desconcentración que no estaba dispuesto a
soportar. Berta apretó el dinero en sus manos convirtiéndolo en un bollo, evito
que las lágrimas le cayeran, y lo guardo
en su bolsillo, no podía prescindir de ese dinero.
ESCRITOR:
-Berta, por favor
un sinónimo de amor, pero no demores
mucho pensando-
BERTA:
-no sé-
ESCRITOR:
-disculpa, repetí-
BERTA:
-no sé- y lo observo
con los ojos bien abiertos.
ESCRITOR:
-¿cómo no vas a saber
un sinónimo de amor?, es solo eso, la palabra amor-
BERTA:
-no se-
ESCRITOR:
-bueno, decime de
cariño-
BERTA:
-tampoco-
ESCRITOR:
-te darás cuenta que
esto va a repercutir en tu salario-
BERTA:
-sí, pero la verdad
no se-
ESCRITOR
:-¿pero cómo?…-
BERTA:
-si hubiese tenido
alguna relación afectiva con alguien lo sabría, pero esos vínculos no
ocurrieron en mi vida-
ESCRITOR:
-pero… ¿no amas nada,
las palabras, la comida, un vecino?-
BERTA:
-no me aferro a lo
material, menos a la religión y las personas-
ESCRITOR:
-la verdad es una
pena, te voy a tener que despedir-
Berta se levantó, camino y cerró
la puerta.
Esa tarde el escritor no puedo seguir,
algo le faltaba a su novela y no imaginaba como una joven así no sabría del
amor. Intento dormir, pero solo pensaba en las respuestas que ella le había dado,
cerró los ojos y la visualizó, siempre sentada, inmóvil, con los labios
cerrados, era linda, los pómulos y el pelo rojo, el cabello que le caía en los
hombros, con vestido que le llegaba a las rodillas y mostraba las piernas
blancas como la leche, el escote intentaba ocultar unos grandes pechos, abrió
los ojos, se tocó la frente, estaba sudando. Esas imágenes lo excitaron, pero
ya no la vería, pensó para sí -¿será virgen?-
Por un tiempo dejo el escritorio,
daba paseos cortos por el centro del pueblo y un día la encontró, Berta
caminaba de la mano con un joven, se detuvieron y el muchacho la estrecho en su
pecho y la beso, Berta reía mientras le rodeaba la nuca con sus pálidos
brazos.
ESCRITOR:
-¡ME MINTIÓ! ¡ME
MINTIÓ!-
Berta lo vio, y mientras el
escritor aguantaba la ira, ella continúo besando al joven.
El escritor corrió hasta su
hogar, abrió la puerta bruscamente y se sentó, escribió días enteros, solo se alimentó
con caramelos, tirando los envoltorios por todo el lugar, rompió hojas, bebió
vino, salpico las páginas, corto el cable del teléfono. Se apartó del
escritorio y se dejó caer, su frente quedo en el apoya brazos, vertió lágrimas.
Otra vez Berta aparecía, pensó que no lo dejaría nunca, recordó las noches en
las que se unían, como esas piernas le envolvían la cintura y los gemidos
llegaban a aturdir a los vecinos. La novela no tenía fin, al igual que su amor
por ella. Continuo llorando, se sintió abandonado, no entendía como ella no
pudo esperar, siempre exigiéndole que elija, o la literatura o ella. Esa noche
Berta no recibió el dinero, solo el rencor por sentirse abandonada, esa noche y
las posteriores Berta lo visitaba, él la recordaba. Comenzaba a sudar y se
despertaba, no podía amar a un fantasma.

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